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VIVIR EN PUCÓN TIENE ALGO PARADÓJICO

Febrero 26, 2026

Por: Fernando Bravo S.

Vivir en Pucón tiene algo de paradoja. Habitamos un lugar que para muchos representa descanso, vacaciones y desconexión, pero para quienes vivimos aquí todo el año es, simplemente, la vida real. Y cuando el verano se va, lo que queda no es solo tranquilidad: también queda la parte más dura de un modelo que funciona por temporadas.

Con el cierre de la temporada estival, decenas de personas ven el término de sus contratos. Restaurantes, hoteles, agencias de turismo y comercio en general, reducen personal o bajan turnos. Para muchos trabajadores, la pega tiene fecha de vencimiento: marzo. No se trata de flojera ni de falta de ganas de trabajar, sino de una economía local que, para muchos depende de los meses de mayor afluencia. El resultado es conocido: incertidumbre, ingresos inestables y la dificultad de sostener una vida normal el resto del año.

A esta precariedad laboral se suma otro problema igual de serio: la vivienda. En verano, los arriendos suben, los contratos se acortan y NO son pocos quienes deben dejar la casa donde viven porque se transforma en alojamiento para turistas. Personas que cada Enero deben “arreglárselas” para encontrar dónde vivir y en Marzo aceptan arriendos temporales, sabiendo que en diciembre quizás tendrán que volver a mudarse.

No se trata de demonizar el turismo. Es el principal motor económico de la comuna y permite que muchas personas tengan ingresos durante el verano. El problema es la falta de alternativas para el resto del año. Un pueblo que vive tres meses con intensidad y nueve meses sobreviviendo, es una comunidad que se acostumbra a la inestabilidad como norma.

La consecuencia es silenciosa, pero profunda: jóvenes que se van porque no ven futuro, familias que viven con la calculadora en la mano esperando que el verano “rinda lo suficiente”, personas en una constante búsqueda de arriendo…

Y mientras tanto, cuando el verano termina, el pueblo se vacía. Los turistas se van, el ruido baja, el ritmo se calma. Nos devuelven las calles, los silencios, la vida cotidiana. Volvemos a reconocernos entre vecinos. El pueblo vuelve a ser nuestro. Ojalá que, junto con esa tranquilidad, algún día también vuelva la estabilidad para quienes lo habitan todo el año.

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