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PUCÓN: ¿EVOLUCIONAS O TE EXTINGUES?

Octubre 6, 2026

Pucón, para tí la pregunta no es nueva. La novedad sería que te la hagas en serio.

Porque tú ya evolucionaste no una, sino varias veces. De fortín a pueblo maderero. De pueblo maderero a postal turística. De postal turística a capital de la aventura de Chile. Aprendiste a vender el volcán, el lago, el río, el bosque. Aprendiste a llenarte en febrero. Lo que no has aprendido, o no has querido aprender, es a seguir siendo pueblo cuando se acaba febrero.

Si uno llega un lunes de mayo, te ve de resaca. En Ansorena camina más el viento que la gente. Las terrazas tienen las sillas unas sobre otras. El Villarrica sigue arriba, impecable, como si no le importara tu temporada. Y el visitante que no te conoce se pregunta: ¿y toda esa fama?

La fama vive sesenta días.

En febrero ya no eres pueblo. Eres un embudo. La misma calle por la que ahora pasa un perro y dos bicicletas se llena de autos que no saben si van a la playa, al súper o al volcán. El que vive aquí aprende a salir temprano o no salir. El que atiende una mesa sonríe con el cansancio de siempre. El lago, que en las fotos parece un espejo, en la orilla es toalla contra toalla. Y el arriendo que en invierno era “conversable” de pronto tiene precio de isla caribeña.

Después se van.

Se van los autos, se van las maletas, se va el carrete y el ruido. Y se va también el trabajo. El joven que sirvió hasta las dos de la mañana en enero vuelve a preguntar si lo van a llamar en julio. La cabaña que no daba abasto queda con el letrero puesto y el pasto creciendo. Recuperas el silencio. Pero el silencio no paga la luz.

Eso es tu año. No hay que saber de gráficos para verlo. Es un cerro. Dos meses arriba, ahogados. Diez meses abajo, despidiendo gente. Cualquiera que haya trabajado un verano aquí lo tiene metido en el cuerpo. Lo extraño no es que pase. Lo extraño es que lo repitas como si fuera costumbre.

Ahí empieza la pregunta del título. Evolucionar no es inventar otro slogan para el invierno. Extinguirse tampoco es que un día cierren los hoteles y te borren del mapa. Las extinciones de pueblo son más lentas. Primero se va el que servía la mesa. Después se encarece la pieza. Después el centro se parece a cualquier parte. Después el lago pierde el color que te hizo famoso. Y al final queda el volcán, lindo como siempre, con un escenario vacío abajo.

Mira tus casas. En quince años te llenaste de techos nuevos. Desde el lago parecen prosperidad. De cerca, muchas están vacías de lunes a viernes y de marzo a diciembre. Son casas para estar un rato. El profesor, el guía, la cajera, el que rema el rafting, buscan donde vivir y se encuentran con que esa pieza se arrienda por noche a quien viene de afuera. El turista no es el villano. El villano es tratar el techo como souvenir. Un pueblo que no tiene cama para el que se queda ya empezó a apagarse. Evolucionas, Pucón, cuando una casa aquí puede estar habitada por alguien que trabaja aquí. Te extingues cuando solo queda esa casa de vitrina.

Mira el lago. Todavía es hermoso. Pero el hermoso ya no es inocente. Cada loteo en la orilla, cada casa que tira lo que no debería, cada verano que multiplica duchas y lavadoras, le va comiendo el color al agua. El visitante viene por ese azul. El local creció mirándolo. Si el lago se pone turbio, no hay campaña que lo vuelva a vender. El paisaje no es decorado, es nuestra despensa. Cuidarlo es evolucionar. Seguir usándolo como piscina infinita es una forma educada de extinguirse.

Mira la carretera. Una sola. La misma para entrar, para salir, para ir al hospital, para huir si el volcán se pone bravo o si el bosque se incendia. En febrero esa cinta se tapa sola. En un mal día de invierno también. Quien vive al pie de un volcán no puede tener una sola puerta. Eso no es un tema de ingenieros en Santiago. Es sentido común de montaña. Evolucionar es tener por donde irse cuando la tierra avisa. Extinguirse, a veces, cabe en un taco que no se mueve y un solo camino cortado.

Mira el centro. Hay una pelea que parece menor y no lo es: qué se pone frente a la plaza. Algo que podría estar en cualquier ciudad del mundo o algo que todavía tiene sabor a ti. La gente se enoja no por nostalgia de almanaque. Se enoja porque intuye la frase del título. El día en que tu corazón deje de parecerse al Pucón que queremos, el visitante va a buscar otro Pucón. La identidad no se importa. O la cuidas, o se te apaga.

Y mira más afuera, hacia Caburgua, Quelhue, Liucura. Ahí hay familias que estaban antes de que aprendieras a venderte. Comunidades, vecinos de toda la vida, gente que no sale en el brochure y sin embargo sostiene el territorio: el bosque, el río, el camino de ripio, la leña. El turismo puede sentarse a su mesa o puede cercarles el paisaje. Evolucionar no es inventar un tour de “experiencia ancestral” para el fin de semana. Es preguntarles si quieren ese tour y qué les queda cuando se va la van con turistas. Extinguirse también es eso: convertir a los que habitan el valle en telón de fondo y no en protagonistas de la obra.

Tú ya has intentado mutar. Hay más ojo sobre los alojamientos que funcionan a escondidas. Hay quien empuja las termas en agosto, los hongos en otoño, el pueblo en Semana Santa. Hay quien habla de cuidar el agua y no solo de llenar camas. Está bien. Pero mientras febrero siga siendo el único mes que manda, esas cosas son parche. El cerro de tu año no se nivela con un descuento.

Entonces, ¿qué sería evolucionarte, dicho sin folleto?

Que el invierno también dé de comer. No una foto con nieve: sueldo.

Que un techo en Pucón pueda ser accesible para alguien que trabaja en Pucón, todo el año.

Que el lago se trate como un cuerpo que se enferma, no como piscina sin fondo.

Que haya otra salida, por si el volcán o el fuego cierran la única.

Que lo que se construya frente a la plaza no podría estar igual en otra ciudad.

Que el que nace o se queda aquí no sea extra de una postal.

Si no lo haces, el final no tiene nada de épico. El turista se cansa del taco y de pagar febrero en cada esquina. El que sirve la mesa se va a donde el arriendo no le coma el mes. El lago pierde brillo. El centro se llena de cosas que no son de acá. Y un día el volcán seguirá igual de bello, solo que abajo ya no habrá con quién hablar.

Pucón: ¿evolucionas o te extingues?

No se extingue un pueblo el día que dejan de subir al cráter. Se extingue el día en que ya no queda nadie que quiera quedarse cuando se van los turistas. El volcán no va a contestarte. La pregunta es para ti. Y el próximo febrero, otra vez lleno, no cuenta como respuesta.

Roberto Nappe G.

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