Sin educación cívica sólida, la democracia se debilita. Sin educación financiera, llega el sobreendeudamiento.
Cada marzo, cuando miles de estudiantes chilenos regresan a las salas de clases, observamos una escena que se repite desde hace generaciones: mochilas nuevas, cuadernos recién comprados y un calendario escolar que vuelve a llenarse de asignaturas, pruebas y tareas. Es un momento que, además de marcar el inicio del año académico, debería invitarnos también a reflexionar sobre una pregunta fundamental: ¿estamos enseñando realmente lo que nuestros niños y jóvenes necesitan para enfrentar la vida?
Durante años se ha instalado la idea de que el modelo de enseñanza debe preparar a los estudiantes para el mundo real. Sin embargo, cuando uno observa con honestidad el contenido de gran parte del currículo escolar, surge una inquietud legítima: ¿cuánto de lo que se imparte termina siendo realmente útil en la adultez?
En lo personal, cursé mi enseñanza básica y media en el sistema público, y de verdad lo agradezco. Pero fue recién al ingresar a la universidad cuando comencé a comprender verdaderamente el mecanismo del mundo cívico. Antes de eso, no tenía mayor claridad sobre cuáles eran las atribuciones de nuestras autoridades, qué funciones cumple cada institución del Estado o cómo operan las leyes que rigen nuestra convivencia como sociedad.
Y no se trata de una experiencia aislada. Muchos adultos de mi generación reconocen algo similar: terminamos el colegio sin saber cómo funciona el Congreso, cuáles son las responsabilidades de un municipio, qué rol cumple un gobernador regional o qué mecanismos existen para fiscalizar a las autoridades.
Ese tipo de conocimiento no es accesorio. Es esencial para el ejercicio de la ciudadanía, pero nada de eso se nos enseñó en profundidad a quienes fuimos al colegio en los 2.000. Entiendo que hoy en día sí existe un ramo de “Formación Ciudadana” obligatorio en el sistema educativo de nuestro país, pero se imparte solo en 3° y 4° medio. En mi opinión, este tipo de conocimiento tan relevante debiera traspasarse desde antes y con mayor énfasis.
Una democracia sana requiere ciudadanos informados, capaces de comprender las instituciones que los gobiernan, de participar con criterio en los procesos electorales y de exigir responsabilidades cuando corresponde. Sin educación cívica sólida, la democracia se debilita, porque las personas quedan expuestas a la desinformación, al populismo o a la simple apatía política.
Pero el intensificar la educación cívica no es el único vacío que arrastra nuestro sistema educativo. También existe una carencia evidente en materia de educación financiera.
En la vida adulta, una gran parte de nuestras decisiones tiene que ver con el manejo del dinero: administrar ingresos, evitar el sobreendeudamiento, comprender los créditos, ahorrar, invertir o planificar el futuro. Sin embargo, la mayoría de los jóvenes egresamos del colegio sin haber recibido una formación real sobre estos temas, o al menos así ocurre para quienes estudiamos en establecimientos públicos.
Paradójicamente, el sistema educativo dedica años a contenidos altamente técnicos que muchos estudiantes nunca volverán a utilizar. Con todo respeto hacia las materias que hoy se imparten —que sin duda tienen su valor formativo—, la mayoría de las personas en su vida adulta nunca vuelve a calcular una raíz cuadrada, resolver ecuaciones complejas o disertar sobre temas que quedaron confinados a una prueba escolar.
Esto no significa que asignaturas como matemática, lenguaje, ciencias o historia no sean importantes. Por el contrario, son fundamentales. Son la base del pensamiento crítico, del conocimiento científico y del desarrollo intelectual.
Pero junto a ellas deberían convivir otras áreas que hoy resultan igualmente indispensables para la vida cotidiana.
Saber cómo administrar el dinero, comprender la importancia del ahorro, entender qué es una inversión, cómo funcionan los intereses o cuáles son los riesgos del endeudamiento excesivo son herramientas que impactan directamente en la calidad de vida de las personas. La falta de educación financiera explica, en gran medida, por qué muchas familias terminan atrapadas en ciclos de deuda que podrían haberse evitado con mayor información.
Formar ciudadanos responsables también implica formar personas capaces de tomar decisiones económicas conscientes.
Y hay una tercera dimensión que suele quedar aún más relegada en el debate educativo: la espiritualidad.
No se trata necesariamente de religión ni de doctrinas específicas. La espiritualidad apunta a algo más profundo: al desarrollo interior del ser humano, a la capacidad de reflexionar sobre el sentido de la vida, sobre la búsqueda de la paz interior, sobre la importancia de cultivar valores como la empatía, la compasión y el respeto.
En muchos establecimientos existen asignaturas como religión, orientación o filosofía. Sin embargo, rara vez se aborda con profundidad el desarrollo espiritual del individuo como un proceso de autoconocimiento y crecimiento interior.
Nadie nos enseña desde pequeños que la vida no se trata únicamente de acumular bienes materiales, de competir constantemente o de alimentar el ego. Nadie nos explica que el consumismo, la vanidad o la búsqueda permanente de reconocimiento externo pueden generar satisfacciones momentáneas, pero difícilmente conducen a una verdadera sensación de plenitud.
La sociedad moderna empuja con fuerza hacia el éxito material, pero dedica muy poco espacio a enseñarnos cómo encontrar equilibrio, serenidad y propósito en la vida.
Y, aunque suene simple o incluso cursi para algunos, lo cierto es que la mayoría de las personas, en algún momento de su vida, descubre que lo que realmente busca no es riqueza ni fama, sino algo mucho más profundo: paz interior.
Esa paz, sin embargo, no suele enseñarse en ninguna asignatura.
Tal vez ha llegado el momento de replantear el enfoque educativo del país. No para eliminar las materias tradicionales, sino para complementarlas con conocimientos que preparen a los jóvenes para la vida real.
Una educación moderna debería formar ciudadanos conscientes, capaces de comprender su rol dentro de la sociedad. Debería formar personas responsables con su dinero, capaces de proyectar su futuro con inteligencia financiera. Y también debería formar seres humanos con desarrollo interior, capaces de encontrar equilibrio en un mundo cada vez más acelerado y materialista.
El regreso a clases no debería ser solo el inicio de un nuevo año escolar. Debería ser también una oportunidad para preguntarnos qué tipo de sociedad queremos construir.
Porque educar no es solo transmitir conocimientos.
Es formar personas para la vida.
