LA DOLOROSA TRANSICIÓN DE PUCÓN.
Esta editorial la escribo desde la más absoluta sinceridad y con una sensación de que no es solo mía, es de muchos.
Aunque a algunos nos cueste admitirlo, Pucón ya no es el pueblo que fue. Nos transformamos en ciudad de manera tan rápida que aún resulta difícil asimilarlo. Ocurrió sin anestesia y sin planificación. Esto suena a progreso, pero tiene un costo alto.
Muchos dirán que es romanticismo, los entiendo. Que es la típica nostalgia de los 90 o de principios del 2000. Que el tiempo cambia todo. Y sí, es verdad. Pero no se trata solo de añorar una época donde cruzabas el centro en cinco minutos, donde conocías a casi todos por su nombre, donde el verano era intenso, pero no desbordado. Se trata de algo más profundo que puede plantearse a través de una interrogante: ¿Es posible crecer y no perder identidad?
Pucón antes tenía problemas de pueblo, hoy tiene problemas de ciudad; delincuencia, un lago monitoreado pero contaminado, fiestas clandestinas, muchos residentes con estrés permanente en temporada alta y congestión vehicular incluso en invierno, otoño y primavera, quizás en menor medida que en verano, pero existe. Y lo más inquietante es que ya nos estamos acostumbrando a algo que nunca debió ser de esta manera, porque -si bien la pandemia aceleró el proceso- era evidente que un paraíso como este más temprano que tarde atraería multitudes para vivir de forma permanente; a ellos los comprendo. Yo en su lugar hubiera hecho lo mismo.
Seamos justos. Un lugar con la calidad de vida que ofrece (o que ofrecía) Pucón, con el Lago Villarrica de un lado y el Volcán Villarrica del otro, iba a atraer más personas. Muchos decidieron dejar las grandes ciudades y buscar algo más humano, más verde, más tranquilo. No culpo a quienes llegaron, están en su derecho de escoger una mejor vida para ellos y sus hijos. El problema es que la infraestructura nunca creció al mismo ritmo que la población.
Más habitantes, más vehículos, más edificios habitacionales, pero las mismas calles. Los mismos accesos, las mismas rotondas.
Y aquí es donde la conversación se vuelve incómoda: ¿Estamos planificando el futuro o simplemente reaccionando al presente? Porque una cosa es crecer y otra muy distinta es crecer sin dirección.
Las ciudades no colapsan de un día para otro, se van tensando lentamente como una cuerda que parece firme… hasta que se corta. No es rechazo al cambio, no escribo esto desde el rechazo, lo escribo desde la preocupación y sí, también desde la nostalgia del niño que vivió en un paraíso y fue testigo de los cambios. Porque amo este lugar, porque aquí me hice adulto y duele ver que el equilibrio se está debilitando.
Hoy corremos el riesgo de convertirnos solo en destino y dejar de ser destino de calidad. La pregunta que debemos hacernos no es si queremos volver al pasado, eso es imposible. La pregunta es: ¿Queremos transformarnos en una ciudad cualquiera, o en una ciudad consciente?
Porque el crecimiento seguirá, la gente seguirá llegando, los proyectos inmobiliarios no se detendrán. Pero aún estamos a tiempo de decidir cómo queremos vivir.
Planificación real.
Infraestructura acorde.
Protección del entorno.
Seguridad.
Y, sobre todo, recuperar el sentido de comunidad.
No escribo esto con enojo, lo escribo con honestidad, porque cuando se vaya el último turista del verano, cuando el ruido baje y cuando el lago vuelva a quedar en silencio… los que seguimos aquí somos nosotros.
