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YA NO CEDEN EL ASIENTO

Mayo 5, 2026

ESTUDIANTES SENTADOS Y ABSORTOS EN SUS CELULARES, ADULTOS MAYORES DE PIE. ¿QUÉ ESTAMOS HACIENDO MAL?

Ayer me tocó vivir una escena que, más que molestarme, me dejó pensando. Usé el transporte público en Pucón en ese horario complejo en que los estudiantes salen de clases. El bus iba lleno, como suele pasar, pero lo que me llamó la atención no fue la cantidad de gente, sino una ausencia: la de algo tan básico como el respeto.

Había al menos dos adultos mayores de pie. Se afirmaban como podían, tambaleándose con cada frenada. Frente a ellos, varios adolescentes iban sentados. Algunos conversaban, otros absortos en sus teléfonos. Ninguno levantó la vista. Ninguno hizo el gesto mínimo de ofrecer su asiento.

Decidí observar. Casi como un pequeño experimento social, me quedé en silencio esperando que alguien reaccionara. Pensé: “en cualquier momento alguno se va a dar cuenta”. Pasaron los minutos. Nada.

Entonces intervine. Le pedí a un muchacho, con respeto, que por favor cediera su asiento a uno de los abuelitos. Lo hizo de inmediato. Sin discutir, sin molestarse. Y ahí vino la pregunta que me quedó dando vueltas: si no hay mala intención, si no hay rebeldía, ¿por qué no ocurre de forma natural?

¿En qué momento se nos empezó a olvidar lo básico?

No creo que esto se trate de una generación “mala” o “egoísta” por naturaleza. Sería injusto y simplista. Pero sí parece haber una desconexión. Una falta de conciencia del entorno, del otro. Vivimos tan metidos en nuestras pantallas, en nuestro mundo inmediato, que dejamos de ver lo evidente: a una persona mayor que necesita ayuda.

Entonces surge la pregunta incómoda: ¿de quién es la responsabilidad?

Es fácil apuntar a los jóvenes, pero ellos no nacen sabiendo. Los valores se enseñan. Se transmiten en la casa, en la conversación cotidiana, en los ejemplos que ven. También se refuerzan en el colegio, en la sociedad, en lo que validamos o dejamos pasar.

Quizás el problema no es que no quieran ceder el asiento. Quizás es que nadie les enseñó a mirar alrededor.

Lo de ayer no fue un escándalo ni una tragedia. Fue algo cotidiano. Pero justamente ahí está lo preocupante: en que estas pequeñas cosas, que antes eran casi automáticas, hoy parecen excepcionales.

Ojalá este relato sirva para algo más que una simple queja. Ojalá sirva para abrir una conversación. Para que los padres que lean esto se detengan un momento y le pregunten a sus hijos: “¿qué harías tú en una situación así?”. Para que volvamos a hablar de respeto, de empatía, de esos valores que no deberían pasar de moda.

Porque al final, no se trata solo de ceder un asiento. Se trata de no perder la capacidad de ver al otro.

kine
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