Por: Alejandro Anabalón, poeta puconino.
Hay ciudades que necesitan inventarse atractivos para conquistar al visitante. Pucón no tiene ese problema. La naturaleza ha sido generosa hasta el exceso: nos entregó un volcán que domina el horizonte, el Mayolafquén, ríos, cascadas, bosques milenarios, termas, montañas y paisajes que cambian de rostro con cada estación.
Pero Pucón es mucho más que naturaleza.
Tenemos restaurantes, pubs y cafeterías que funcionan durante todo el año, incluidos domingos y festivos; galerías artesanales, hoteles, hostales, cabañas, comercio establecido y supermercados en pleno centro con horarios que incluso se extienden hasta la madrugada. Tenemos parques nacionales, playas, senderos, turismo de aventura, gastronomía, cultura y una comunidad que trabaja cuando las fotografías del verano ya desaparecieron de las redes sociales.
Entonces, ¿por qué seguimos hablando de Pucón como si despertara en diciembre y se durmiera en marzo?
Es cierto que existen negocios cerrados y emprendedores que enfrentan dificultades. Pero Pucón no es una isla económica. Forma parte de un país donde el costo de la vida, el endeudamiento y el poder adquisitivo determinan también las posibilidades de viajar. Ninguna campaña publicitaria, por atractiva que sea, puede desconocer esa realidad.
Durante años hemos escuchado a autoridades, dirigentes y aspirantes al poder repetir las mismas promesas: romper la estacionalidad, atraer visitantes durante todo el año y fortalecer el comercio. Palabras hermosas mientras se pronuncian desde la comodidad de un discurso. Otra cosa es enfrentarse a la realidad de gobernar.
Por supuesto que necesitamos promoción turística, pero no basta con inventar eslóganes ni multiplicar fotografías del volcán. Se requiere planificación, continuidad, ofertas accesibles, colaboración entre empresarios y una mirada que comprenda que el turismo también debe beneficiar a quienes habitan esta ciudad.
La responsabilidad tampoco puede recaer exclusivamente en las autoridades. El sector privado debe asumir su parte, innovar, generar alianzas y ofrecer experiencias que hagan atractivo visitarnos en cualquier estación.
Y no olvidemos algo esencial: Pucón no es solamente una postal. Es una ciudad donde viven personas que necesitan trabajo, vivienda, salud, seguridad y oportunidades. El turismo pierde sentido cuando la prosperidad que promete no alcanza a quienes sostienen diariamente su existencia.
Quizás debamos dejar de preguntarnos solamente cómo traer más turistas y comenzar a discutir qué clase de ciudad queremos construir.
El otoño tiene sus colores, el invierno sus montañas nevadas, la primavera sus bosques que renacen y el verano su energía inconfundible.
No necesitamos inventar cuatro Pucones diferentes. Necesitamos aprender a mostrar el mismo Pucón bajo las cuatro luces del año.
La naturaleza hizo su trabajo hace miles de años. Los comerciantes, emprendedores y trabajadores hacen el suyo todos los días.
Ahora falta que quienes toman las decisiones hagan el suyo. Porque Pucón no comienza en enero ni termina en febrero. Pucón existe los 365 días del año, y su futuro no puede seguir esperando la llegada del próximo verano.
